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Amanecer de volcanes en México

Amanecer de volcanes en México

Son las 6.50 Después de una fría noche durmiendo en un camastro aferrado a dos mantas de lana y ataviado con tres pares de calcetines o metido dentro de un saco de dormir sin asomar un pedazo de cuello, es la hora de levantarse.

Avanzamos por el pasillo que comunica las tres habitaciones del albergue y, de repente, allí está: el cono de todos los conos, el volcán Popocatépetl.

Con sus 5.230 metros de altura, su silueta tiene unas dimensiones tan imponentes que hay que pellizcarse para estar seguro de que ya estamos despiertos. Por la noche ha nevado y la punta del cucurucho es blanca. Del cráter sube una nube de vapor. Salimos del albergue.

Caminamos por una pista y llegamos a una curva desde la que se ve un amanecer de montañas: a la derecha, el Popo; a la izquierda, el volcán Iztaccíhuatl; al fondo, el volcán de la Malinche, y más lejos, si el día está claro, a unos 300 kilómetros de distancia, la cima de México, el pico Orizaba (5.636 metros), que desde aquí se antoja más bien pequeño. El sol asoma detrás de los montes como una toronja atómica, como un pomelo nuclear.

Es temprano. Los cuatro consideramos que es mejor volver un rato a la cama. Con los calcetines, con las mantas, con los sacos de dormir. Nos levantamos otra vez sobre las nueve de la mañana, o a las diez.

Ocupamos la única mesa de madera y los dos bancos que hay en el albergue y salimos a la terraza con la compra que hemos traído: los panecillos, las latas de atún, los aguacates que nos vendió una niña en el último pueblo antes de las montañas, la leche, el yogur (se conserva bien sin frigorífico a 4.000 metros de altura), el café soluble.

Encendemos el campin gas para calentar la leche. En el albergue no hay fuego. El único que podría haber es el que se puede hacer con leña en las estufas de las habitaciones. Pero las chimeneas están obturadas, funcionan mal, se llenaría la habitación de humo. Anoche le pasó a dos polacos.

La leche se tarda en calentar en el campin gas (pasará lo mismo cuando se caliente el agua para la pasta) porque a esta altura el agua hierve más lento. La terraza da al gran volcán. Desayunamos frente al volcán. Hace sol. Bebéis vuestro condenado café soluble mirando al Popocatépetl.

Beber café soluble mirando al Popocatépetl es posible a menos de cien kilómetros de distancia de Ciudad de México, sin bocinas ni sirenas, ni música, ni motores, ni 20,5 millones de habitantes. El recorrido desde la megalópolis hasta el albergue de Altzomoni lleva unas tres horas.

Primero vas en un microbús al último pueblo antes de las montañas, Amecameca, y desde ahí subes. Antes de llegar al albergue pagas en un edificio administrativo en medio del monte tu entrada al parque nacional. Siete euros por tres días con derecho a albergue.

Una mesa y dos bancos

Hay que subir comida y agua. Arriba no hay una tienda donde comprar nada. Tampoco hay duchas. Si te lavas, tienes que hacerlo con el agua de unos bidones que están al lado del baño. El agua de esos bidones es la misma que lanzarás en cubetazos al retrete. El albergue es modesto. Pero tiene una mesa y dos bancos de madera.

El primer día notarás que te falta oxígeno por la altura. El segundo estarás mejor. Incluso puede que se te ocurra intentar subir a la cima del Iztaccíhuatl. Hace tiempo se podía subir al Popo, pero está prohibido desde que volvió a entrar en erupción el 21 de diciembre de 1994, el mismo día que la moneda nacional se devaluó un 100% y quebró el sistema bancario de México.

El Iztaccíhuatl es un volcán inactivo, pero también es una montaña descomunal: 5.219 metros de altura. Aunque, si no eres alpinista, es mejor que te dediques a dar paseos por las faldas de la montaña. Verás unos conejos locales que se llaman teporingos, unos pájaros azules a los que llaman azulejos, lagartijas, muchas lagartijas, y con un poco de suerte verás alguno de los coyotes que viven entre los volcanes.

Hace tiempo había quien subiendo a la montaña hacía una parada en el kilómetro 19, en el puesto de una señora que vendía hongos alucinógenos. Parece ser que la señora ya ha dejado de ir. De todos modos, ¿quién necesita psilocibina para desayunar mirando a un volcán? Basta con café soluble.

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